Amar es pensar en el ser de manera infinita. Amar es pensar en el ser absoluto de otro ser. No engarzarlo en una cadena que tiene principio y final. No meterlo en medio del libro de la vida o del mundo, como una flor muerta. Amar es pensar el ser lejos de nuestro mundo, intentar acercarse a la sustancia del mundo ajeno. Amar es pensar en el ser a través de su significado verdadero, es decir, inagotable.
Cuando pensamos al ser de manera infinita, lo descargamos de todo lo que lo hace existente. Pero también lo llenamos de la realidad más sublime. No hay concepto para el ser amado, no hay condición para el ser amado, no hay medida, causa ni razón para el ser amado, no hay ninguna cualidad que sobreviva en el ser amado que le asemeje a las cosas existentes, lo despojamos de toda categoría limitante, pero esto lo eleva a una realidad incondicionada cuya actualidad lo convierte en la prueba de que el ser está por encima del mundo. Una quimera que obliga a reconocer una realidad de la cual el pobre espíritu humano, no está destinado más que a participar de manera accidentada y torpe.
Nuestro propio ser, necesita los ojos que le miran y que proyectan su propia figura sobre un horizonte indeterminado. No se puede elevar al espíritu a regiones etéreas e impolutas más que en el reflejo cristalino de los ojos en los cuales, como en una dulce fuente, uno se contempla como algo más que un simple mortal.
El amor es una transición entre el ser condicionado de la vida ordinaria y el ser totalmente incondicionado de lo que no se puede observar, de lo que no puede ser pensado. Pero la diferencia con la libertad propia (el ser incondicionado en nosotros) es que la libertad, la incondicionalidad del ser amado se aparece ante nosotros. Es noúmeno y fenómeno al mismo tiempo. Cuando todo en nuestra observación del mundo nos dice que lo condicionado reina en cada rincón de la existencia, imponiendo su dictadura y convirtiendo la libertad en ilusión, el amor nos muestra que la libertad del ser ajeno puede romper nuestras cadenas, despertarnos del sueño en el cual la vida nos sumerge, liberarnos de nuestras propias condiciones aparentes.
Ese rescoldo de tiempo cristalizado que es el ser amado, impenetrable en la vorágine de lo contingente, parece capaz de transformarse en el aleteo de mariposa que provoca el huracán.
